A solas en su tienda, Alejandro se agita yendo de un lado a otro con pasos impetuosos, se detiene bruscamente y jadea, se hunde en sus pensamientos con los ojos helados y ausentes. Afuera, la noche inmensa ha borrado el llano, el bosque, las montañas del Himalaya, y ha dejado sólo el estruendo del río en el vacío.
Primero fue Filotas, luego Parmenión, después Clito y ahora Calístenes. Lo que no debía repetirse ha vuelto a pasar. Quizás sea el desgaste de todos en esta campaña que no parece que vaya a terminar jamás; el espíritu de Persia que se apodera de sus conquistadores; la locura sembrada por Dioniso. Pero ¿qué está pasando? ¿Acaso acabarán muriendo así también Leonato, Ptolomeo, el propio Hefestión?
La muerte de Calístenes pesa ahora sobre el rey macedonio del mismo modo que la muerte de Clito hace dos años, en aquella disputa acalorada en Marakanda, cuando una lanza salió de la mano de Alejandro y fue a parar al pecho de su fiel amigo. Clito murió por decir la verdad, por recordarle a Alejandro que debía sus triunfos al sacrificio y a la fidelidad de los macedonios y no a los aduladores persas a los que ahora debían dirigirse sus amigos de siempre para pedir audiencia con él. Murió por recordarle a su amigo de la infancia que, en su vanidad, había renegado de la paternidad de Filipo para hacerse llamar hijo de Amón-Zeus. Alejandro quiso entonces quitarse la vida con la misma lanza, pero se lo impidieron, y pasó tres días y tres noches encerrado en su tienda sin probar alimento y llamando a la muerte. Fue Calístenes quien lo sacó de allí, consolándolo con delicadeza y desvaneciendo con razones la pesadumbre que lo abatía.
Alejandro sabe que no hubo razones más allá de su cólera y su debilidad. Tal vez, en la ejecución de Filotas o en el asesinato de Parmenión hubo alguna razón de Estado que pudiera librarle de los remordimientos, alguna esperanza para el perdón. Pero no en el caso de Clito. Y ahora, Calístenes ha muerto en la prisión a la que fue arrojado en primavera, cuando Alejandro dio crédito a quienes le acusaban de instigar a los jóvenes al regicidio.
La muerte de Calístenes ha despertado de nuevo a las Erinias. En los oídos de Alejandro resuenan las palabras con las que su amigo le increpaba aquella noche en Bactria, cuando él aceptaba complacido que sus aduladores se postraran a sus pies como ante un dios: “No te olvides de Grecia, Alejandro. Fue por ella por lo que te lanzaste a esta expedición. Por llevar a Asia lo valioso de Grecia, y no por convertir a Grecia en Asia”. Como látigos restallan a ahora aquellas frases proferidas mirándole a los ojos: “¿Acaso a tu regreso vas a pedir a los griegos, a los más libres de los hombres, que te rindan pleitesía como a un dios? ¿Es que piensas hacer una excepción con ellos, ofendiendo así a los macedonios? ¿O es que sólo a los bárbaros vas a exigir la adoración?. Alejandro se recuerda en aquella velada sacado bruscamente del sopor de la música y el vino: “Ciro y Cambises recibieron honores divinos, y no olvides que fueron humillados y vencidos. Ciro por los humildes escitas, Jerjes por los atenienses y espartanos, Atajerjes por Jenofonte y los Diez Mil, y Darío por ti, Alejandro, que todavía no has sido adorado como un dios. No es a los reyes persas a quienes seguimos, sino a ti, al hijo de Filipo, descendiente de Heracles y de Éaco, cuyos ancestros vinieron de Argos a Macedonia y gobernaron a los hombres por la ley y no por la fuerza”.
El rencor de Alejandro ha dejado morir a Calístenes, al encargado de contar sus hazañas, aquél muchacho que un día llego a Mieza acompañando a su tío Aristóteles y que había heredado de él su sagacidad y su elocuencia, aunque a su cautela. Calístenes era el espíritu más libre de los que acompañaban a Alejandro. Calístenes era el más libre de los hombres.
En esta noche sonora y húmeda, alejado de sus compañeros, doblado de dolor sobre un cojín de plumas, el joven rey comprende que ninguna virtud ni ninguna victoria en la guerra será más importante que su crimen. Cada vez que digan: “Alejandro acabó con Darío”, responderán: “Y también con Calístenes y Clito”. Cada vez que digan: “Él conquistó todo desde un rincón de Macedonia hasta las profundidades de Asia”, responderán: “Sí, pero mató a Calístenes y Clito”.
Pedro Olalla: Historia Menor de Grecia. Una mirada humanista…, 2022.