GRECIA (1827)

El viejo Sisines da un último paseo por el huerto de los limones. En las últimas semanas, el verde y el amarillo de estos árboles se le han grabado en la retina como si fueran los colores de una bandera.

Por fin han terminado las sesiones de la Asamblea Nacional: Grecia tiene ahora una constitución, un gobernador y una capital. Dios quiera que le duren. No ha sido nada fácil reunir a los plenipotenciarios de uno y otro lado para culminar este esfuerzo iniciado tiempo atrás en Nueva Epidauro y darle a la nación las leyes que merece. Primero se intentó que los asambleístas acudieran a Poros, después a Egina; pero en ninguna de las ocasiones se pusieron de acurdo. A finales de otoño, los anglófilos de las islas, presididos por Zaímis se atrincheraron en Egina con el beneplácito de Karaiskakis e instauraron su propia comisión constituyente. A la vez, los afrancesados de Kolettis y los filorrusos de Kolokotronis decidieron reunirse en Hermíone y convocar allí a los nuevos representantes de las zonas sublevadas. Todo el invierno duraron las disputas entre las distintas facciones políticas; las propuestas mutuas de celebrar una asamblea en uno u otro lado fueron rechazadas sistemáticamente hasta acabar por fin reunidos aquí, en territorio neutro, en este limonar junto a las ruinas de la antigua Trezén.

La verdad es que el valle es hermoso: los limones, los olivos, los cipreses que se asoman al mar, las costas recortadas de Poros y de Métana. Trez´n, la patria de Teseo, el unificador de los demos de Atenas. Tal vez, en el fondo, una elección acertada para el propósito conciliador de esta asamblea.

Recorriendo el lugar, vacío ahora de voces, Sisines reconoce que la asamblea que le ha tocado presidir por ser el mayor de edad entre los presentes ha sido finalmente un éxito. Ha habido, claro está, posturas encontradas e intentos reiterados de afianzar las ambiciones políticas de unos y otros; pero antes lo esencial, se ha logrado entre todos hacer retroceder a la discordia, esa divinidad perversa que le ofrece a uno el cetro y que después, volviéndose hacia su rival, le dice sonriendo, tómalo tú también.

Tras los intentos de los últimos años, Grecia tiene por fin una constitución democrática. La nueva nación regresa de este modo a una antigua tradición iniciada por los atenienses y desaparecida del mundo en los lejanos tiempos de Augusto; a una forma de gobierno que los espíritus más libres de Europa y América reconstruyen ahora a partir del testimonio de los antiguos griegos.

Hace unos días, en este vergel, ha quedado escrito que la soberanía reside en el pueblo, que todo poder emana de él y que existe sólo para su provecho. Que todos los griegos tienen derecho a expresar libremente su pensamiento y su opinión. Que la vida, el honor y los bienes de todas las personas gozan de la protección de la ley. Que queda prohibida la tortura y la confiscación de pertenencias. Y lo más importante, después de largos siglos de tiranía y de barbarie que, en territorio griego, ni se venden ni se compran hombres, y todo esclavo, hombre o mujer, de cualquier religión, queda libre al pisar suelo griego y no puede ser ya reclamado por su dueño.

Pedro Olalla: Historia Menor de Grecia. Una mirada humanista…, 2022

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