Mística, picaresca, crónicas de América: Los relatos de Cristóbal Colón sirven de precioso, eficacísimo, prólogo a uno de los capítulos más interesantes de nuestra historia literaria y de nuestra literatura histórica: La Crónicas de Indias.
Cabe preguntarse: antes las cumbres inmarcesibles de nuestra literatura de creación, en esa cordillera en las que destacan como crestas majestuosas los López, Cervantes, Quevedos, Garcilasos o Calderones, ¿qué lugar ocupan los Álvarez-Chancas, Bernal Díaz, Casas, Oviedos o López de Gómara? En un país como en los nuestros, en que los libros de memoria son tan escasos (cuando no, con honrosísimas excepciones, harto pobres) la literatura de testimonio supondría frente a aquellos colosos poco menos que nada. ¡Poco menos que nada, caso de no existir las crónicas de indias! Más he aquí que existen y marcan junto con la mística y la picaresca uno de los tres vértices que delimitan la radical originalidad de nuestra literatura. Grandes dramaturgos, profundos y magníficos novelistas; delicados, graciosos, hondísimos poetas proliferan en nuestras letras… más también en las ajenas. En cambio, la mística, la picaresca, y este género de literatura de testimonio que hoy nos ocupa carece de parangón en la literatura universal.
Su tasación literaria no puede basarse en las elegancias de las sintaxis o en los primores del estilo –ajenos a humildes soldados como Bernal Díaz o a toscos marineros como Diego Méndez, sino a la grandeza del relato. ¿Y qué grandeza mayor que los sucesos que culminaron con el descubrimiento, conquista y colonización de aquellas tierras innumerables de las que profetizó Colón “que no solamente la España, más todos los cristianos tendrán (allí) su refugio y ganancia?”
La mayor cosa –escribe Gómara- después de la creación del mundo sacando la encarnación y muerte del que lo creó. “Y no son frutos estas palabras de una hispanofilia patriotera y exaltada.” El francés Hipólito Adolfo Taine, observador puntualísimo de los pueblos y las naciones, estudioso de los clásicos romanos (Ensayo sobre Tito Livio”), de los griegos (Filosofía del Arte en Grecia), de la literatura inglesa (los escritores actuales de Inglaterra) y de su propio país (Ensayo de Crítica y de Historia) escribió entre sorprendido y admirado: “Hubo un momento extraño y superior en la especie humana… de 1500 a 1700, España es acaso el país más interesante de la tierra.”
Este momento extraño y superior fue descrito, antes que por la historiografía crítica moderna, por la literatura de testimonio de la época.
Las Crónicas de Indias que remataron esta literatura de testimonio, fueron escritas bajo el signo del estupor y la grandeza. Y quien las lee no puede menos de sentirse sacudido, arrebatado por la grandeza y el estupor.
Cristóbal Colón fue el iniciador de este género literario; el prologuista de esta inmensa biblioteca que contiene los hechos acaecidos en los descubrimientos, cartografía, conquista, culturización y evangelización de las tierras halladas en el nuevo Mundo, Oceanía y Asia. Colón fue uno de los más grandes escritores de literatura de testimonio y, cronológicamente fue el primero de nuestros cronistas de Indias (La Carta a Santángel).
Torcuato Luca de Tena: América y sus enigmas, 1992.