En 1990, el régimen comunista de Albania, último bastión del estalinismo en Europa, se desplomó. Para Lea Ypi, autora del libro “Libre. El desafío de crecer en el fin de la historia”, una niña en aquel entonces, adoctrinada en la escuela no entendía por qué se derribaban las estatuas de Stalin y Enver Hoxha (1908-1985) (político, militar y dictador albanés de la Republica Popular Socialista de Albania).
En 1993, en Albania establecida la democracia, su abuela le comentaba: “Es la libertad… Pasan cosas buenas y pasan cosas malas. Es imposible controlar todo el tiempo a la gente… No podemos confiar en que el Estado lo haga todo. Por eso necesitamos a la sociedad civil”.
Sociedad Civil era el nuevo término que se había añadido recientemente al vocabulario político para sustituir, más o menos, a Partido. Era sabido que fue la sociedad civil la que impulsó la Revolución de Terciopelo en Europa del Este. La que aceleró la caída del socialismo. En nuestro caso, el término se popularizó cuando ya había concluido la revolución, quizá para explicar una secuencia de acontecimiento que al principio parecieron inverosímiles y que después requirieron una definición que le diera sentido. Se unió a otras palabras claves como liberalización, que sustituyó a centralismo democrático; privatización que sustituyó a colectivización; transparencia que sustituyó a autocrítica; transición que permaneció igual, pero que pasó a indicar la transición del socialismo al liberalismo en lugar de la transición del socialismo al comunismo; y lucha contra la corrupción, que sustituyó a lucha antiimperialista.
Todas estas buenas ideas versaban sobre la libertad de la comunidad que, poco a poco, se fue convirtiendo en una palabrota, sino sobre la del individuo. Existía la sospecha constante, o quizá fuese una memoria cultural residual, de que, sin un control social, el aumento de la libertad individual solo conduciría a que las personas fueran libres de perjudicarse a sí mismas. Y se daba por sentado que ya no podía confiársele al Estado dicho control social. Lo cual hacía aún más urgente integrar a la sociedad civil. Se suponía que la sociedad civil era algo ajeno al Estado, pero también algo que podía sustituirlo; se suponía que surgiría naturalmente, pero que también había que fomentarla; se suponía que propiciaría la armonía, pero que también se aceptaba que había algunas diferencias que jamás podrían resolverse. La sociedad civil estaba formada por muchas organizaciones y grupos comunitarios distintos que surgieron como setas tras la lluvia, algunos como resultado de iniciativas locales, pero la mayoría con la ayuda de nuestros amigos extranjeros. Uno de los problemas de nuestro país, al que se aludía a menudo, era que no contábamos con una sociedad civil activa. No estaba claro si la habíamos tenido en el pasado y había sido engullida por el partido, como un Cronos que devora a sus hijos al nacer, o si debíamos crearla desde cero. En cualquier caso parecía más prudente actuar teniendo en cuenta ambas posibilidades: había que lograr que Cronos vomitase a sus hijos y, a la vez, generar una vibrante vida social que permitiera a los individuos no solo organizarse espontáneamente, intercambiar ideas, interactuar entre sí y crear espacios tanto para el aprendizaje mutuos como para los intercambios comerciales, sino también protegerse de los peligros venideros.
Lea Ypi, “Libre. El desafío de crecer en el fin de la historia”, 2025.