LA MODERNIZACIÓN REACTIVA JAPÓN

A mediados del siglo XIX, los imperialismos europeos y estadounidenses amenazaban al resto del mundo. La mayor parte de África, así como grandes extensiones de Asia, fueron conquistadas y sometidas. Hubo, no obstante, algunos casos de resistencia exitosa por parte de algunos reinos pre modernos que se embarcaron en transformaciones modernizantes, logrando mantener a raya lo peor de las invasiones imperialistas. Estos cambios se produjeron desde arriba, por parte de sectores de la élite tradicional, que eran los únicos que tenían los medios para adquirir los conocimientos adecuados a fin de hacer frente a los nuevos desafíos militares, tecnológicos, económicos, políticos y culturales del mundo. Este fue el camino de la modernización reactiva.

La “modernización reactiva” se refiere a las transformaciones sociopolíticas orientadas por una concepción del gobierno político necesariamente dependiente de la nación, aun cuando no necesariamente sea legal o derivada ideológicamente de la misma; transformaciones impulsadas desde arriba, en un contexto de grave amenaza externa. Por ejemplo, las constituciones y el derecho al voto son originalmente logros resultados de las luchas desde abajo, pero en este camino a la modernidad dichas transformaciones se pusieron en marcha impulsadas desde arriba con el propósito de poder defenderse de los asaltos externos de los imperialismos estadounidense y europeo. La idea crucial aprendida no se puede reducir a su tecnología armamentística sino que se deriva del compromiso de su población. Este compromiso y fuerzas cohesivas parecían derivar de instituciones como las constituciones, la igualdad de los ciudadanos frente a la ley y el derecho de participación política, todos ellos sostenidos por la educación pública.

Japón es el ejemplo paradigmático, amenazado por el asalto de la marina estadounidense en 1853. En 1868 se embarcó en un cambio rápido, radical y exitoso. Una generación después, este mismo país se convirtió en un depredador. Otros intentos fracasaron, Corea y Egipto fueron forzados a la subordinación colonial. La mayor parte de los fracasos se debieron a la presión externa, económica o militar, pero en algunos la reacción interna resultó crucial.

Aunque Japón es el caso modelo de modernización reactiva, no fue el único. De un modo más modesto, pero similar, fue el camino adoptado por Tailandia, impulsado por la rivalidad franco-británica. El imperio otomano fracasó, debido tanto a la reacción doméstica como a los asaltos externos, pero de él surgió la república de Turquía.

El Japón moderno comenzó con el ishin  de los Meiji en 1868. Ishin normalmente se traduce como “restauración” (en este caso del poder imperial), pero la restauración Meiji no tenía las implicaciones restauradoras de la Revolución Gloriosa británica de 1688. Abolió toda la estructura feudal del país y se orientó a crear una nación cohesionada capaz de resistir las amenazas externas. ¿Creó así un Estado nación? A este respecto hay controversia. La soberanía popular no estuvo explícitamente consagrada hasta la constitución de 1947, impuesta por el general MacArthur y la ocupación estadounidense.

La Constitución Meiji de 1889 fue promulgada en el nombre del emperador y ratificada por su gobierno. El Japón Meiji no era el tipo de Estado nación euro-estadounidense, pero estuvo inspirado en gran medida por dicho modelo y se convirtió en parte de la nueva familia global de Estados nación, funcionando como una monarquía constitucional nacional.

Goran Therbo: Las Ciudades del Poder, 2020.

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