ROMA, 155 ANTES DE CRISTO Catón, el Censor (234-149 a.C.)

Si, en la agitación de un naufragio, dos hombres consiguen aferrarse a una tabla que a duras penas puede mantener a flote a uno de ellos ¿cuál de los dos, conforme a la justicia, debe renunciar a salvarse? Si ambos tienen derecho a la vida, la justicia estará del lado de los dos al mismo tiempo. ¿Quién, pues, ha de vivir y quién ha de morir en este caso?

Desde hace una semana llegaron de Atenas los tres extranjeros que llaman filósofos, muchos jóvenes se juntan cada día en el foro a escuchar sus extraños discursos. Embelesados por la magia de esa elocuencia capaz de desarmar cualquier convencimiento, algunos han comenzado a abandonar sus hábitos por estar junto a ellos e incluso a descuidar sus ocupaciones más serias. Carneades, el académico, Diógenes, el estoico, y Cristolao, el peripatético, han llegado a la ciudad para recurrir ante el Senado la desmedida multa de quinientos talentos  que los jueces de Sición, designados por Roma, han impuesto a Atenas por sus hostilidades contra los habitantes de Oropós. Es la primera vez que llegan a la ciudad una embajada de filósofos y su presencia está suscitando gran expectación.

De los tres, el más arrollador es sin duda Carneades, que ha venido dispuesto a demostrar a los romanos que su dominio sobre otras naciones está basado en la injusticia, pues afirma que la justicia natural no existe, y que la que hay es una convención entre los hombres, no exenta de virtud y generosidad, pero siempre propensa al pacto con los intereses de quien la define y la ejerce. En su primer discurso en el foro, Carneades deslumbró a los presentes con un brillante alegato a favor de la justicia. Al día siguiente, ante el mismo auditorio, pronunció otro discurso en contra. La revulsión y el desconcierto fueron tales que los tres extranjeros no han tardado en provocar la suspicacia de los magistrados.

Desde esta mañana comparecen los tres ante el Senado, y el asunto de los talentos parece que va ya por buen camino. Oídas las razones sobre el conflicto de Oropós y sobre la abusiva sentencia de Sición, el interés de todos los presentes ha pasado a centrarse en la curiosa habilidad de argumentar de estos tres maestros griegos y en su capacidad de seducción por la palabra. Preside la sesión el pretor Postumio Albino, que combatió a Perseo en Grecia junto a las legiones de Paulo Emilio. También está presente el propio Paulo Emilio, acompañado de su hijo Escipión y de otros ciudadanos que han trabado amistad con los griegos deportados a Roma a raíz de la batalla de Pidna. El erudito senador Gayo Acilio realiza las funciones de intérprete.

Los tres oradores resultan espléndidos, cada uno en su distinto modo de argumentar. Carneades ostenta un verbo amplio, pleno de dignidad y riqueza; Diógenes es escueto, lo que le hace a la vez tremendamente ágil y acerado; y Cristolao sigue una pauta media entre los dos, temperada, elegante y calculadamente eficaz. Algunos de quienes escuchan, llevados también ellos del ímpetu retórico, los equiparan respectivamente con Ulises, Menelao y Néstor.

De repente, un hombre anciano se pone de pie y los murmullos se acallan en señal de respeto. Quien toma la palabra es Catón el Censor, un adusto varón de ochenta y cinco años a quien todos conocen y estiman por su larga trayectoria política, su influencia sobre la sociedad romana y su conocimiento de la tradición. Catón es también uno de los pocos ciudadanos romano que ha dedicado esfuerzo y tiempo a conocer la lengua y los escritos de los griegos. En el silencio de la espaciosa sala, Catón recuerda a todos los presentes que el fin de la educación romana es formar a los líderes en el ejercicio de la política y de las armas. Por tanto, es de los magistrados y de los militares de quienes los jóvenes deben aprender la honestidad, la lealtad, el valor, la justicia y todas las virtudes de Roma, evitando prestar oídos a las extravagancias y las dudas de los filósofos. Moviéndose con lentitud por el estrado, Catón habla de Sócrates como de un charlatán perverso que aspiró a tiranizar a su patria abominando contra las costumbres e inculcando en sus conciudadanos pensamientos contrarios a la ley. En una pausa y con rictus de conmiseración, menciona a los alumnos de la escuela de Isócrates, que permanecían en ella hasta llegar a viejos, como si fuera en el Hades y ante Minus donde hubieran de poner en práctica lo que allí aprendían.

Recuperando el gesto de rigor y elevando la voz en ocasiones, el anciano Catón advierte a los romanos de lo subversivo de esos discursos que ahora admiran, del peligro de su persuasión –mayor aún que el de su doctrina- y de los males que los filósofos pueden acarrear a la república. Y finalmente, en una última moción, propone que se dé pronta respuesta a la embajada de los atenienses y que se les envíe de vuelta a sus escuelas a confundir con sus brillantes pláticas a los jóvenes griegos, pues para él es evidente que, si nada se hace por impedirlo, la perdición de Roma vendrá por la influencia de lo griego.

Pedro Olalla: “Historia Menor de Grecia. Una mirada humanista…”, 2022.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *