ORIGEN DE LA NOVELA HISTÓRICA

En los escenarios de Atenas se escucharon palabras asombrosas. Desde allí hablaron mujeres desesperadas, parricidas, enfermos locos, esclavos, suicidas y extranjeros. El público no podía apartar los ojos de aquellos personajes insólitos. Precisamente “teatro” significaba en griego “lugar para mirar”. Los griegos habían escuchado relatos durante generaciones, pero asomarse a una historia mirándola como espías tras las rendija de una puerta era una experiencia muy distinta., de una extraña intensidad. Allí empezó a triunfar el lenguaje audiovisual que aún nos hipnotiza. Las tragedias, agrupadas en trilogías, creaban el mismo tipo de adicción que las actuales series y sagas. Eran obras de terror, como sabía Aristóteles, y las mejores son además viajes al fin de la noche, donde acechan los medios ancestrales, los tabús, la sangre derramada, el crimen familiar, la angustia del conflicto sin salida, el silencio de los dioses.

Queda poco, poquísimo de aquellas obras escalofriantes (siete tragedias de Esquilo, siete de Sófocles y dieciocho de Eurípides). Se sabe que, sumado los tres, escribieron varios cientos de dramas, la mayoría de los cuales han desaparecido. Y conocemos, al menos, trescientos títulos perdidos de otros autores. El paisaje de la tragedia griega es hoy tierra arrasada. Solo nos ha llegado un puñado de obras, pero se cuentan entre las preferidas de los atenienses de entonces. Ellos no dudaban quiénes eran los mejores. Hacia el año 330 a.C., colocaron estatuas de bronce de los tres dramaturgos ante el gran teatro de Dionisio, en la falda de la Acrópolis. Y, como ya se ha dicho, decidieron conservar copias oficiales de sus textos, solo los suyos. La destrucción ha sido terrible, pero no indiscriminada.

Las tragedias supervivientes ofrecen una extraña fusión de violencia y debate verbal sofisticado. En ellas conviven las hermosas palabras con las armas ensangrentadas. De alguna forma misteriosa, las tragedias consiguen ser salvajemente delicadas. En general, cuentan mitos primitivos de un pasado legendario –la guerra de Troya, el destino de Edipo- cuyos ecos aún resonaban en el presente del siglo V a.C. Pero hay una curiosa excepción, una tragedia basada en hechos reales. Es además la obra teatral conservada más antigua del mundo. Se trata de Los persas, donde Esquilo abrió camino a Shakespeare y quizá, sin saberlo, inventó la novela histórica.

Irene Vallejo, El infinito en un junco, 2020.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *