Durante las dictaduras fascistas, tanto la lectura como la producción de libros fueron objeto de un estricto control: son tristemente célebres las quemas de libros por parte de los nazis. Después de 1940 los recién casados alemanes debían recibir como regalo oficial de bodas Mi Lucha de Hitler. Los editores y los autores judíos como Karl Marx, Sigmund Freud y Franz Kafka, estaban proscriptos. Los libros de texto escolares pasaban por el control del gobierno, y las dictaduras tanto de Alemania como de Italia los usaban para promover un tipo agresivo de nacionalismo. La mayoría de los editores llegó a una conclusión obvia: su supervivencia dependía de su capacidad para desarrollar vínculos estrechos con el régimen. En Italia, el gobierno, al fin y al cabo podía ser generoso con sus amigos, y se mostraba dispuesto a ayudarlos a exportar libros de clásicos italianos. El mercado escolar también era muy rentable: en 1935, la editorial italiana Mondadori se propuso obtener, y obtuvo, el monopolio nacional de la producción de libros de texto de uso obligatorio en las escuelas primarias. En Fahrenheit 451, la novela que Ray Bradbury publicó en 1953, cada uno de los opositores a la tiranía memorizaba una obra del canon literario de manera de impedir su desaparición definitiva. Pero se trataba de una fantasía de ciencia ficción. Salvo muy raras excepciones, la industria del libro durante el fascismo no alzó su voz para ayudar a los críticos del régimen. Los medios preferidos de los militantes de la resistencia eran la radio y el panfleto clandestino.
En la Unión Soviética el gobierno hizo un esfuerzo monumental para mejorar los niveles de alfabetización básica de la población. La campaña de alfabetización perseguía un objetivo político: educar al ciudadano de la sociedad socialista. Los promotores de esa campaña repetían la frase de Lenin según la que “una persona analfabeta se queda al margen de la política” y luchaban por “reeducar” a los campesinos cuya cultura parecía estar enraizada en un remoto pasado anterior a la revolución. La campaña tuvo un éxito relativo. La mayoría de los campesinos no comprendían los libros ni los periódicos que eran alentados a leer; en cambio, el papel les resultaba útil para armar cigarrillos o para otros usos más íntimos. Una vez más los lectores se negaban obstinadamente a ser manipulados por la literatura prescripta por la intelligentsia. Pero, para 1939, la tasa de alfabetización había trepado al 95% entre la población masculina y el 79% en las mujeres.
A los lectores soviéticos les llegaban ediciones baratas de clásicos selectos, y Aleksandr Pushkin, Nikolai Gogol y León Tolstói se publicaban en tiradas descomunales, al igual que los autores no rusos que transmitían un mensaje positivo sobre el poder de la ciencia y el progreso. Así, la política editorial de la URSS fue, en gran medida, responsable de que Julio Verne fuera el autor más traducido en el mundo en cantidad e ejemplares producidos en países extranjeros. Si bien los editores privados lograron sobrevivir hasta el año 1930, su producción estaba sumamente regulada. Se purgaba el contenido de las bibliotecas, el Partido Comunista protegía la ortodoxia ideológica de todo material impreso, y la propaganda del Partido idealizaba sistemáticamente al lector proletario y serio.
Hacia la década de 1960, el público soviético ya estaba mucho más alfabetizado y tenía mejor nivel de instrucción y gustos más sofisticados y variados. Sin embargo, en la URSS todavía no había tenido lugar la revolución de las ediciones en rústica, y la oferta estaba aún muy rezagada respecto de la demanda (lo mismo puede decirse de los bienes de consumo en general). Esta brecha se zanjaba parcialmente gracias al pujante mercado negro de libros que surgió entre las décadas de 1970 y 1980. Las obras de autores conocidos en Occidente por su condición de “disidentes” circulaban clandestinamente en forma de samizdat -textos multicopiados de manera privada y financiados por los propios autores-, lo que evoca el rol que cumplían las publicaciones manuscritas del siglo XVII. Aleksandr Solzhenitsyn, considerado en Occidente el escritor soviético vivo más importante, fue obligado a abandonar la URSS, donde le resultaba imposible publicar sus libros.
En el período de la perestroika, a fines de la década de 1980, la censura comenzó a relajarse, la producción de libros se flexibilizó, y las editoriales privadas revivieron. Se registró una explosión editorial y una breve carrera por leer los frutos antes prohibidos de Los hijos de Arbat de Anatoli Rybakov, Doctor Zhivago de Boris Pasternak, y la obra de Solzhenitsyn. Sin embargo, pronto fue evidente que los lectores soviéticos, al igual que la gran masa de lectores de Occidente, preferían la literatura fantástica, las novelas de detectives, , los relatos ficcionalizados de la Segunda Guerra Mundial y las novelas románticas de Barbara Cartland. Los lectores rusos habían dejado de ser esas figuras ideales en las que el Estado depositaba una fuerte inversión simbólica: se habían convertido en consumidores comunes de material impreso.
Martyn Lyons: Una historia de la lectura y de la escritura en el mundo occidental, 2024.