Su Giroscópica presencia anima a testimoniar la fidelidad de un rumbo magnético. Marca la figurada hendidura sobre la tierra, una trayectoria que une con certeza el origen y el destino final de un vuelo. Tres dígitos señalados por la “Rosa de los Vientos” son suficientes para materializar el punto de encuentro. No es un número inalterable cuando el embate del viento de través obliga a desviar la nariz de avión de su natural dirección. Loxodrómicas rutas sobre la redondez de la tierra proyectada sobre un plano. Tripulante y avión en armónica empatía se afilian a la línea recta despreciando las sinuosidades que animan un rumbo errático. Fiel a su estilo está allí, estampado en el panel de instrumentos proclamando su imprescindible función.