Negro alado

En esas Olimpiadas que Hitler había organizado para consagrar la
superioridad de su raza, la estrella más brillante fue un negro, nieto
de esclavos, nacido en Alabama.
Hitler no tuvo más remedio que tragarse cuatro sapos: las cuatro
medallas de oro que Owens conquistó en velocidad y salto largo.
El mundo entero celebró esas victorias de la democracia contra el racismo.
Cuando el campeón regresó a su país, no recibió ninguna felicitación del presidente,
ni fue invitado a La Casa Blanca.Volvió a lo de siempre:
entró a los autobuses por la puerta de atrás,
comió en los restaurantes para negros,
usó baños para negros,
se hospedó en hoteles para negros.
Durante años, se ganó la vida corriendo por dinero.Antes que comenzaran
los partidos de béisbol , el campeón olímpico entretenía al público corriendo
contra caballos, perros, autos o motocicletas.
Después, cuando las piernas ya no eran lo que habían sido,Owens se
convirtió en conferencista. Tuvo bastante éxito exaltando las virtudes
de la Patria, la religión y la Familia.

Eduardo Galeano. Espejos. Una historia casi universal.

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