Al principio Dios creó la luz y la oscuridad. Ése fue el primer día.. El segundo separó el cielo de las aguas. El tercer día creó los mares y la tierra e hizo crecer las plantas. El cuarto día creó las estrellas, el Sol y la Luna. El quinto día llenó el mar de peces y el cielo de aves. El sexto día pobló la tierra con animales y con hombres. La creación había concluido y el séptimo día descansó. Pero la biblia no se hizo en seis días. Es una obra que se ha gestado a lo largo de mil años de transmisión, transcripción y selección de diferentes textos.
Estamos acostumbrados a considerar la Biblia como un libro único, incluso el único libro, que resulta difícil aclarar que en esencia se trata de una biblioteca, se compone de “libros”. Las obras individuales fueron redactadas entre el año 800 a.C. y el año 100 d.C. entres leguas arameo, hebreo y griego. Provenían de los más diversos “autores”, desde hombres cultísimos con poder y autoridad hasta gentes comunes del pueblo, desde reyes hasta pastores de cabras. Más tarde, entre los siglos II y IV d.C., fue cuando las primeras autoridades de la Iglesia tomaron estos libros y los reunieron en una colección obligatoria. Durante un extenso período de tiempo, se habían separado los escritos confirmados de aquellos contra los que había objeciones. Así se creó el “canon bíblico” (canon: medida, regla en griego): el conjunto imprescindible de las “escrituras sagradas”. Hasta el presente constituye la colección de textos a través de la cual se da a conocer la palabra de Dios de acuerdo con la concepción cristiana. La Biblia era (y todavía lo es para muchos en la actualidad) una obra universal inagotable: contiene todo el saber del cristianismo. Durante siglos se ha podido acudir a ella en busca de consejo, con la seguridad de obtener siempre una respuesta para afrontar cualquier circunstancia de la vida, se tratase de algún asunto histórico, de la vida cotidiana o de las grandes cuestiones de la fe. Por esa razón la Biblia ha sido, a lo largo de los siglos, un libro que contenía un mundo entero.
Su largo período de gestación, la confluencia de diversas culturas y lenguas, y la mezcla de autores hacen de la Biblia un libro con infinitas facetas: comienza con la emocionante historia de la creación, en la que Dios crea el universo de la nada (por cierto dos veces seguidas, puesto que a la primera narración le sigue en Génesis 2.4 un segundo relato que proviene de otra fuente más antigua). Luego uno lee acerca de una mujer que atrajo toda la miseria de la humanidad cuando comió del árbol del conocimiento. Con ese acto, ella impuso el pecado sobre todos los seres humanos que, como castigo, se convirtieron en mortales. Pero algo bueno tuvo este asunto: la humanidad ya no ha de permanecer en el desconocimiento. En vez de estar solo en el Edén comiendo fruta, puede ahora acometer una obra tan grandiosa como la Biblia.
Christiane Zschhirnt: Libros. Todo lo que hay que leer, 2004.