LA RIGUROSA EXACTITUD HISTÓRICA

Es incuestionable que en materia de historia, las vaguedades, las conjeturas, las aseveraciones más o menos parciales, pero desprovistas de comprobación, no pueden hacer fe en el ánimo del público sensato, aún tratándose de cuestiones y juicios simpáticos a éste.

El apasionamiento en las opiniones del historiador que, como en Luis Blanc (historiador francés), intenta enaltecer a Robespierre, haciendo de un monstruo un virtuoso puritano, o en Carlyle a Federico el Grande, presentándolo como un torpe y perverso insensato. No es cuestión pues de emitir y sancionar juicios exaltados y preconcebidos por la pasión de ánimo, ni avanzar especulaciones imaginativas sobre un tema más o menos paradójico o improbable.

En historia hay que ir derecho a la evidencia, al testimonio, a la prueba; como el único camino de la verdad, como la única e ineludible ley de la justicia y de la rectitud.

Y séanos permitido afirmarlo: esas pruebas están aún por presentarse (Justo Maeso, 1885) en el gran torneo de la Historia Oriental., y no son, por consiguiente, conocidas de la generación actual, que ignora, sin duda a pesar suyo, cuanta fue la abnegación, el heroísmo y la pureza patriótica de sus mayores en la lucha que preparó la emancipación de esta provincia del férreo vasallaje español.

Para conseguir historiar la espontaneidad del movimiento popular iniciado en la Provincia Oriental en 1811, a fin de combatir el despótico y retrógrado régimen de la metrópoli, es indispensable, pues, ampliar extensamente el campo de las investigaciones históricas, arar hondo, y no limitarse, como se ha hecho hasta ahora por los apreciables escritores que se han ocupado de esa parte de la historia oriental., a la concisa enunciación y repetición de ciertos hechos superficiales de aquella época.

Para ello es indispensable recurrir a los Archivos de las capitales del Río de la Plata y aún de algunas Provincias, así como a las publicaciones periódicas de aquella magna década, y encontrar en la serie de documentos oficiales, dirigidos o publicados entonces, la verdad irrefutable de las afirmaciones y deducciones que deban hacerse, y la autenticidad de los informes que deben formar el zócalo del monumento levantado a la memoria de tantos eminentes ciudadanos, cuyos nombres hay que desenterrar de entre el polvo de los archivos o de las ya olvidadas publicaciones.

Es de este modo como únicamente puede escribirse la historia entre nosotros.

El gran ideal del historiador debe ser la verdad; y bien pensaron los antiguos al pintar esa semidiosa oculta entre la oscuridad de un pozo. Hay que penetrar y descender mucho en el pozo de los archivos y de las pruebas escritas a fin de llegar hasta ella, y presentarla entonces a la vista atónita de los contemporáneos en su majestuosa desnudez, en su espléndida belleza, o en su repugnante deformidad.

Justo Maeso, Artigas y su Época, 1885.

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